Madre mía cuanto hacía que no pasaba por aquí. Esto es imperdonable, sobre todo para mi legión de fans, por supuesto. Ellos son lo primero.

Existen, a mi modo de ver, un montón de cosas, personas, actitudes, modas etc, que están sobrevaloradas. Veáse Coldplay, el Iphone, la sinceridad o los informáticos.
Hoy voy a hablar de otro aspecto que sufre lo mismo que los ejemplos anteriores y que además encaja perfectamente en este período estival.
EL MORENO , TOMAR EL SOL, TOSTARSE O COMO QUERÁIS LLAMARLO.
Hoy voy a hablar de otro aspecto que sufre lo mismo que los ejemplos anteriores y que además encaja perfectamente en este período estival.
EL MORENO , TOMAR EL SOL, TOSTARSE O COMO QUERÁIS LLAMARLO.
Yo lo llamo “moreneo”.
La gente que me conoce sabe de mi aversión al Sol. Quizá sea, simplemente porque nunca me ha gustado sentir como mi cuerpo se dora ante mis ojos, sin ningún tipo de oposición al respecto.
El estar moreno podría definirse como un estado de bienestar social. A la gente le encanta estar bronceada, es más, les “chifla” que se lo digan. Es como esa persona que ha estado a dieta 3 semanas a base de sopas de verdura ( dieta de la sopa) y que tras ese interminable periplo, se encuentra con un conocido que le dice: “ anda, como has adelgazado”. La gratitud del receptor/a del elogio (inmensa)es, para mí, equivalente, si bien la facilidad por conseguir lo uno, o lo otro depende, claro está, del esfuerzo y dedicación del individuo en cuestión.
Hace tiempo que reduje mi ritual playero a algo testimonial. Odio el momento Factor X en el que mi cuerpo es embadurnado de crema protectora. Me siento como si estuviera siendo condimentado para un futuro banquete en el que yo, por fin, seré el personaje principal. El caso es que una vez untado, me encuentro desubicado. El bullicio a mi alrededor me impide pensar con claridad. A mi derecha, una familia de 15 personas con todos los bártulos playeros del mercado: sombrilla, sillas plegables, nevera, cubos, palas, radio con una única emisora cañí, la revista Cuore, la abuela vestida de riguroso luto etc.
A la izquierda tenemos un grupo no menos numeroso de jóvenes aprendices de machos y hembras totalmente imberbes, tanto ellos como ellas, que tumbados todos en una misma dirección y asemejándose a los radios de una bicicleta juegan a las cartas, más concretamente al “Mentiroso”. Para los que no lo sepáis, dicho juego consiste en repartir toda la baraja( podrían ser 2 o tres, dependiendo del número de jugadores) entre los participantes, de entre los cuales uno de ellos apostará cierto número de cartas a un número de la baraja, y las pondrá boca abajo en el centro. Por ejemplo, “ 3 sietes”. Si el jugador que hay a continuación se lo cree, pues seguirá tirando sietes si dice la verdad u otra carta si miente. Una vez alguien desconfíe pues se levantan las cartas; si estaba en lo cierto pues el mentiroso se lleva el montón y si por el contrario sus sospechas eran infundadas, pues tendrá que cargar con el taco de cartas. Simple, verdad?
Ojo!, mientras escribo esto tres de los chicos han salido corriendo como gamos y se han tirado en el agua salpicando a toda persona q se cruzase en su camino!. Murmullos de desaprobación predominan en la orilla mientras los chavales, triunfantes, se dirigen a sus toallas con la cabeza bien alta.
La orilla de la playa es un ecosistema aparte. Ahí conviven un variado elenco de personas. Se encuentran niños por todas partes. Los más pequeños están sentados en la arena y se estremecen cuando son remojados por los resquicios de lo que en algún momento fue una ola de gran tamaño. Los que ya son más mayores construyen un fuerte, una balsa o unos cuantos castillos que resisten estoicamente los primeros envites salados para la larga sucumbir ante la incesante fuerza de la naturaleza. También podemos encontrarnos con amorosas parejillas que juegan a las palas o con abuelos o abuelas que pasean con calma y que reaccionan violentamente ante cualquier salpicadura cercana, sobre todo si ese acto implica a su cuero cabelludo.
Esa masificación, ese alboroto, esa ausencia de tranquilidad y esa constante presencia del Sol convierten mi estancia playera en un infierno. Y es por eso que trato de buscar mil excusas cuando la gente me invita a un irrechazable plan de moreneo y agua tibia mediterránea.
Con lo bien que se está en una terracita, con un libro y una clara bajo una sombrilla de esas de propaganda..
Mientras tanto, me encuentro con una amiga que lo primero que me dice al verme es :” Pero Sergín, como estás tan blanco? Hay que venir más a la playa hombre!”.
La contestación, me la trago. La sonrisa, la esbozo. Los ojos, entornados. El cuerpo, ardiendo.
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